"Soley" zamparse un patache con vista panorámica

Es muy difícil pillar una paila marina decente, y es un logro universal encontrar uno que sea realmente buena. ¿Tío Mario, se topó con una pailita de campeonato? No le pongamos tanto color, pero digamos que salí bien contento después de cucharear una paila marina en el clásico "Soley", del Barrio Santa María en Rancagua. 

Todos sabemos que alrededor de los mercados está todo pasando, y eso tuvieron en mente los locatarios del sector cuando se organizaron para formar lo que se conoce como el "barrio Santa María", que involucra a los locales de la calle homónima. En específico el restorán que nos convoca hoy en torno a estas letras, es uno que queda en plena esquina de Santa María con Rochet: "Soley".

Voy a repasar un clásico de clásicos, que ha regocijado el corazón patachero de los rancagüinos desde los tiempos de O´Higgins (le puse color). Se trata de un restorán que está en plena esquina, con mesas con vista panorámica hacia todo el trajín que caracteriza ese barrio. Les diré, sobrinitos queridos, que es un placer comer mariscos y vitrinear de lo lindo a los transeuntes del lugar. Además el local está muy bien mantenido y decorado con cualquier onda, incluso se podría decir que es un restorán "cool" dentro de su estilo patachero y criollo. Sobre esto último me voy a detener. Me he pegado la cachá que los locales de moda en Rancagua, de esos a los que uno va con la eñora en la nochecita, a comerse una tabla que queda en la muela y samparse un shop entero de desabrido, carecen de onda e indentidad. Ésto podría ser algo esperable, porque ¿qué es tener onda e identidad?, pero no lo es tanto cuando, luego de haberme echado al pecho varios pataches en numerosos locales de almuerzos en Rancagua, puedo concluir que los locales que abren al medio día en la capital de O´Higgins tienen la tremenda onda y son, en mi gentrificada y hipster opinión, espacios muy cool. Soley es eso y más, ya que no sólo del aspecto ondero se vive. La carta está del corte, con un menú de $3.500 que le trae ensalada, pan, pebre y plato de fondo, además de los clásicos extras que tienen los restoranes cercanos a los mercados. Como les adelantaba, yo me apliqué una tonta paila marina. 

Cuatro lucas sale la paila, que si andan con ánimos te la sirven sobre un plato con fuego. Yo me sorprendí, no porque la pailita me dejara peinado pa´atrás, sino porque estaba bastante sabrosa y con mariscos realmente frescos. Una nota a parte es que le echan ulte y cochayuyo, que a los regalones le hacen bien y les ayuda a crecer fuertes. El caldo tenía su sabor justo, si bien no era la explosión de condimentos que busca el gordo criollo, pegaba muy bien para un día acalorado. Como siempre, acompañado todo por una cañita de blanco bien heladita. Yo me hubiese quedado más rato a samparme unas pilsens heladitas, pero el tiempo apremiaba. 

Se trata de un restorán clásico del barrio, con un ambiente muy agradable, como ese que intentan imitar las cadenas insípidas como el Shopdog o esas similares, pero acá la cosa va en serio. Me gustó cualesquiera cantidad eso de mirar por la ventana mientras le hacía cariño a la pailita y me besuqueaba con la pituca de vino blanco. Yo lo recomiendo a ojos cerrados, está como pa quedarse toda la tardecita.

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