"La Celeste", marisqueando al paso



El epicentro mismo del sabor sabroso, aquí y en la quebrada del ají, son y serán los mercados. Aunque usted esté haciéndose el cucho por París, loleando por Atenas o abakanándose por Katmandú, si quiere echarse al pecho algo de veras autóctono, obvio que va a terminar ensartado en el mercado local. Rancagua no es la excepción.

El mercado de Rancagua tiene varios locales de comidas nacionales, especialmente los que preparan mariscos y pescados. Lo bueno de estos restoranes en el mercado es que siempre aseguran que los ingredientes están fresquitos, pero lo que no aseguran es que sus preparaciones sean buenas. Por eso es importante hacerse de rogar antes de adentrarse en los terrenos patacheros, porque oferta y variedad siempre habrá. Yo me senté en la barra, así al paso, del local llamado "La Celeste", en honor al Capo de Provincia, que despierta tantas pasiones como los buenos pataches a la hora de almuerzo.

Si bien en el mercado de Rancagua hay varios restoranes con mesas y garzones, los hay otros simplemente con una barra larga en la cual los comensales marisquean al paso. Ahí me instalé yo, cañita de blanco en mano, a esperar mientras desde la cocina se veía como me preparaban un tonto chupe de jaibas. "¡Será hueón el Tío Mario!" dirán ustedes por no haber comido un pescado fresco, pero no les voy a mentir que nunca me puedo resistir a sus buenas jaibitas gratinadas con queso, ulala. 

Ya cuando el blanco me revoloteaba la mollera, llega un plato de pastel de jaiba bastante humilde en tamaño, pero no en calidad. La jaiba, al ser un marisco suave, dependerá enormemente de su preparación para resaltar su sabor. La Celeste prepara un pastel de jaiba piola, un poco quitado de bulla, pero que respeta la textura y suavidad de este coqueto crustáceo. 

El plato me salió por $4.000 y me pareció un precio justo, si bien el volumen del menjunje no logró apaciguar a este animal. El local es pequeñito, pero funcional. Está decorado con elementos del club O´Higgins, y para los entendidos y apasionados por el fútbol, será un regocijo comer en esa barra. La atención es piola, atendida por su propio dueño y un lolito que parece ser su hijo. Se puede pilsenear y ver fútbol, o en su defecto la telenovela de la tarde. Si bien la carta es acotada, está bastante adecuada para las ansias marisqueras. 

De todas formas vale la pena ir al mercado de Rancagua, no sólo para pegarse un patache como corresponde, sino que también para comprar pescados, mariscos, carnes y menjunjes varios. Hay que puro ir, cabritos.

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