"Comedor Popular", ni tan comedor ni tan popular. Rancagua




Si algún día ocurre que el desayuno no es lo suficientemente contundente, Dios me pille confesado al medio día. Y es que la sonajera de tripas a eso de las 12 no me dejaría ni pensar. En ese estado sintomático de hambre voraz patachera, fue que me tercié con el "Comedor Popular".

Yo cuando escuché hablar del Comedor Popular, me imaginé a una señora cocinando en un fondo y al lado una fila larga de gente esperando; temporeros, choferes, inmigrantes, estudiantes, dueñas de casa etecé etecé, esperando a llenar una bandeja estilo JUNAEB, para luego sentarse en un mesón largo con mantel de plástico y compartir entre todos la comida y la buena onda. Con esa idea en mente me dije: "compadrito, ésta si que debe ser picá". Bueno, digamos que el marketing pudo más, pero pese a ello la experiencia fue bastante buena... aunque no popular.

Un cocinero local se puso mateo y se fue a estudiar y a viajar cocinando, hasta que decidió volver a su tierra y explorar la comida criolla, pero con todo el conocimiento que recopiló en su periplo. Así el chef  Julio Méndez se instaló con este restorán que, según reza la página del local, rescata la "alta cocina campesina". ¿Alta cocina campesina? eso hay que probarlo. 

Se trata de un restorán en medio del corazón histórico en el centro de Rancagua, precisamente en la calle Gamero, que desde hace un tiempo ha sido parte del llamado circuito gastronómico. Es un local con patio interior y salón, que debe abarcar unas 15 mesas, y está decorado como si se tratase de una casa de campo, como la de la abuelita que te cocinaba la cazuela que tanto te gusta. Una choreza que está del corte es que todos los días, a la hora de almuerzo, ofrece un menú con cinco platos a elección, además de sopa de estación, jugo natural y postre. Todo eso por el precio del menú, que ronda los $4.200. 

Retomando la historia; mi situación era que tenía más hambre que el Chavo y que me encaminaba a un comedor popular a comer "alta cocina campesina". Para empezar no tuve que hacer ninguna cola ni nada, sino que me instalé en el salón que, en un estilo gentrificador, me sacó de un suácate la idea de Unidad Popular que tenía en la cabeza. Las opciones del menú consisten en platos típicos de la cocina chilena; perniles, pastel de papas, cazuelas, chupe de mariscos, etecé. Pero la gracia es que el Chef Julio Méndez le da una vuelta de tuerca a dichas preparaciones y las presenta de una forma diferente. ¿Será ésta la alta cocina campesina? Pedí un pernil con papas para salir de la duda.

Ya cuando estaba que me comía el mantel, sirven unos pancitos chiquititos con una salsa chiquitita y una cucharita chiquitita... ¡traíganme el pernil por favor! Pero antes, una sopa de quinoa que estaba pa rechuparse los bigotes. El picadillo previo está bien, pero es humilde. He ido más de una vez, y puedo decir que las sopas siempre son un placer y van variando día a día. Ni el pancito ni la sopita lograron reponerme de la hipoglicemia que la enorme hambruna me estaba provocando. Ya sudoroso y tembloroso, diviso que a lo lejos la mesera, de refinado look hipster, trae un glorioso pernil humeante y sonante. ¡Dios bendiga al cerdo y sus muslos! Como persiguido por el cola´e flecha (nota del traductor: rápido) me zampé el pernil y las papas cocidas que lo acompañaban. Hubiese estado de perilla acompañarlo con su cañita de tinto, pero el local no vende alcohol :( 

Sobre el pernil, y otros platos que he vuelto a probar, puedo decir que estaba un poco desabrido. En una de esas la "alta cocina campesina" del Chef Julio Méndez implica resaltar los sabores propios de los ingredientes principales más que del aliño. No sé, pero mi abuela, que fue mujer de campo, nunca escatimó en echarle aliños a la comida.... y heme aquí gordo y amante de la buena mesa.

Yo ya estaba tranquilo, mi glicemia estaba en su rango normal, mis signos vitales ya no estaban alterados y mi ánimo había mejorado; en otras palabras estaba redi pal postre ÑAM. Con el típico gesto técnico que los gordos hacemos cuando queremos que nos traigan el postre, llamé a la mesera. Me trae un mote con huesillo y uvas, el cual estaba de rechupete, considerando que no soy un amante de tan connotado postre nacional. 

Se trata de un restorán que juega con el imaginario de lo popular y criollo, tanto en su nombre, su hambientación y la preparación de sus platos. Se destaca enormemente el hecho de que cuente con cinco menús diferentes todos los días, además de que se nota que existe un trabajo de exploración e investigación seria por parte del chef a cargo del buque. Por otro lado, creo que no lo consideraría como una picada popular, pese al nombre que ostenta, ya que más bien se trata de un restorán de autor a un precio de almuerzo, lo cual sin lugar a dudas se agradece enormemente.




 

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