Márola, restorán playero en Pupuya



La costa de la sexta región ha dado de que hablar, y no precisamente por sus restoranes comandados por jóvenes chefs, sino que por las construcciones de corte antropocentrista que sin mucho disimulo se edifican literalmente dentro de las playas, con poco y nada de respeto por el entorno ni el ecosistema. Esa introducción mata pasiones es para presentar el restorán Márola, cuya impresionante vista y localización en la playa de Pupuya es fiel reflejo de lo antes descrito. 

Pupuya es una localidad costera de la comuna de Navidad, que junto con Matanzas son las principales playas de este sector. Ha ido creciendo con numerosas construcciones playeras que abarrotan cada rincón y se meten, literalmente, dentro de la misma playa mismísima. Una de las pocas cosas positivas que trae este boom inmobiliario es que fomenta la apertura de restoranes que pueden ser bien interesantes. Márola es uno de ellos, ya que en cada ranking de restoranes de la sexta región éste suele aparecer. 

Consiste en un restorán con fina arquitectura playera y enormes ventanales, que otorgan una vista de 360° inmersa dentro de la playa. Es más bien pequeño y se suele llenar completamente en temporada alta. Tiene un aspecto acogedor, con una estupenda chimenea en medio del salón principal, con juegos para los regalones y salida directa a la playa para ir a echarse un paseito o en su defecto una siestecita post comida. 

El restorán tiene una carta bien acotada, con preparaciones que a estas alturas vienen siendo los clásicos repetidos dentro de la gastronomía emergente nacional. Se extraña bastante la presencia de preparaciones hechas con productos endémicos de la zona, en su lugar destacan locos del sur, merluza austral y cortes de vacuno. Nosotros partimos pidiendo unos locos y para tomar pedí un clásico pisco sour peruano. Los locos fueron una tremenda (tremendísima) decepción, siendo dos tristes, duros y pálidos moluscos acompañados por un moribundo montoncito de lechuga y un untadero con mayo de supermercado. Lo peor es que esa gracia costó 20 lucas... ni el mercado de Angelmó se atrevió a tanto. El pisco sour no logró repuntar la pésima introducción, siendo una desabrida preparación con poco pisco y nada de cariño. Partimos mal mal. 

Yo a esas alturas estaba más embalado que el Residente contra J Balvin, pensando en la flor de tiradera que le iba a mandar a Márola en este blog. Para fortuna del restorán los platos de fondo lograron emparejar la cancha. Pedimos un congrio frito acompañado con hojas verdes y cuscus, además de una reineta a la plancha con risotto al pesto. El congrio estaba muy bueno, con un buen sazón estilo cocinería. El cuscus muy seco y fome, con una ensalada que levantaba un poco el sabor, ya que estaba correctamente aliñada con aceto balsámico y mandarinas. La reineta no tenía nada especial y el risotto estaba muy rico, pero en una clásica preparación de tan omnipresente plato. De postre pedimos un toblerone casero con helado artesanal, el cual fue un estupendo acierto que nos dejó un buen sabor de salida. 

Es un restorán con una preciosa vista y cercanía con el mar, que lamentablemente no tiene una carta que se asocie con su ubicación playera, siendo más bien una propuesta culinaria que se podría encontrar en cualquier lugar de Chile. Sufrimos profunda decepción en el entrante y el pisco sour, lo cual es un mal indicador, pero repuntamos un poco con un congrio bien ejecutado, pero sin mucho más que destacar. Los precios están dentro del estándar de restoranes de estas características, pero el problema es que no logran la calidad ni la experiencia gastronómica que uno busca en restoranes, justamente, de estas características.   

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