El 40 La Picá
A fines de los años 90´ el entonces presidente de EEUU, Bill Clinton, visitó nuestro país. En un momento el mismísimo mandatario solicitó detener su comitiva presidencial mientras recorría el casco histórico de Santiago Centro. Ante el asombro de los presentes, se bajó de su vehículo y entró a una humilde sanguchería. Aquel local sería conocido desde entonces como el restorán "La Pica´de Clinton". La otra parte de la historia es que Clinton tuvo una urgencia miccional y se vio obligado a parar en el ahora connotado restorán. De todas formas no deja de ser romántica la idea de que efectivamente Bill Clinton tenga una picada acá en Chile, en donde su tonto chacarero lo espera cada vez que visita nuestro país.
Tal como el restorán que Clinton hizo famoso, los locales cuyo nombre incluye la palabra "picá" suelen estar lejos de ser una picá. Porque una picá no tiene la necesidad de decir explícitamente que es una picá... eso lo definiremos los comensales. Afortunadamente me tercié con el restorán "El 40 La Picá", ubicado a pocas cuadras de la Alameda en Rancagua, el cual efectivamente resultó ser una picá; la excepción que confirma la regla.
"El 40 La Picá" queda en la calle Manuel Antonio Matta, a pocas cuadras de la Alameda y justo en la zona de funerarias. Con ese spot tan peculiar este local espera a sus comensales a la hora de almuerzo. Consiste en un restorán familiar de buen tamaño, en donde una pizarra estoicamente instalada a la entrada indica el menú diario, que consiste en al menos tres opciones de todo tipo, y además una amplia variedad de extras. Los platos son los clásicos representantes del menú criollo rancagüino; pescados fritos, cazuelas, chunchules, prietas y carnes a la cacerola. O sea, ninguna rareza ni siutiquería de autor. Yo, un eterno romántico, me pedí unas prietas con papas.
En esta oportunidad me enfrentaba a la faena patachera acompañado por la gallada de la pega, por lo tanto éramos una mesa bien numerosa. No pasan ni dos minutos y nos instalan unas paneras con unas hallullas y su tonto chancho en piedra, el que estaba de rechupete, si bien yo hubiese sido más generoso con el ají. Los platos se tomaron su tiempo en llegar a la mesa, pero era comprensible al ser varios los comensales, pero para tristeza del tío Mario, el mío fue el último en ser servido. Dicho eso, ni se imaginan la sonajera de tripas que tenía al ver llegar unas maseteadas reinetas fritas, sus cototos porotos con riendas y unos generosos pollos arvejados. Lo bueno es que las prietas no fallaron en aspecto ni en tamaño. Para mi sorpresa, se trataban de prietas hechas con tripa natural, lo cual es un lujo en los tiempos actuales. Tenían un muy equilibrado sazón y una justa cantidad de cebolla, si bien se sentían un tanto livianas al tener poca cantidad de tocino (sospecho que incluso no tenían). De postre había una amplia variedad de opciones; jalea, flan, leche nevada, leche asada. Todo lo antes descrito dentro del precio del plato, que en mi caso era un extra de $9.000; bebidas a parte.
Me sorprendió que al tener una oferta tan clásica y al mismo tiempo amplia, este restorán lograse ejecutar cada uno de los platos de manera sobresaliente, esto comprobado porque todos los comensales que me acompañaron quedaron con amplia sonrisa postprandial.
La verdad de las cosas es que si por algún motivo Clinton llegase a pasearse por las calles rancagüinos yo sin duda le recomiendo "El 40 La Picá".



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