"Mr. Olguín" flor de almuerzos en el centro rancagüino
Que no escriba en este blog no significa que no haya aplicado el noble y milenario acto de echarme al pecho sendos pataches. Por una razón u otro es que la escritura ha estado lenta, no así el mastique ni la chupeta, que por muy cargado de pega que esté, siempre tendrán un lugar privilegiado en mi agenda y en mi corazón (en forma de placas de ateroma).
Sobrinitos míos, que me leen y luego ponen en práctica mis enseñanzas, he recopilado una nueva lista de locales y restoranes para quedar rebosantes de sabor, pero por ahora partiré con una revelación que, casi por casualidad y sin muchas expectativas, me topé en el corazón mismo del centro rancagüino; Mr. Olguín.
Mr. Olguín tiene un nombre que, así de puro prejuicioso que soy, me hace pensar en un restorán de comida vietnamita-neoyorkina-nepalí, atendido por meseros de fornidos brazos tatuados, luciendo barbas bien cuidadas, quienes, en ese tono despectivo propio de hombres fornidos/tatuados/barbones, te muestran una carta con platos cuyos nombres parecen trabalenguas, pero que al final terminan siendo un par de papas con crema y dos espárragos todos cagados. Pero pese a que la descripción que les hice quedó chistosa y ejemplificadora, Mr. Olguín no tiene nada que ver con eso. Más se bien se podría decir que este restorán es como ir a la casa de los abuelos para la navidad, cuando la abuelita se saca las mejores recetas que siempre tiene reservada para los eventos, y las tías se aplican las cototas y variadas ensaladas, mientras el abuelo le tira tallas fomes y repetidas a los nietos. Tal cual, así es Mr. Olguín.
El asunto está ubicado en Cáceres, casi al llegar a Campos; o sea en pleno centro centrísimo céntrico de Rancagua. Pasa todo piola desde la calle, porque es una casa antigua con dos salones bien grandes, que desde afuera te invita a entrar con la clásica y nunca bien ponderada pizarra de tiza, que indica las delicias con que el Señor Olguín los agasajará. Todo bien hasta ahí, pero aquí viene la parte buena, así que afírmense: el menú les incluye ensalada, jugo y sopa libre... tal cual como escucharon, sobrinitos míos, por el precio del menú, $3.800, usted se puede sampar la sopa, ensaladas, jugos, panes etecé etecé que usted quiera. Pero ojo, yo soy un profundo detractor de los tenedores libres, pero en este caso el amor que le ponen a cada ensalada, sopita e, incluso, al pancito con manteca con ají de color (así es, pancito con la clásica "color"), se nota en cada detalle. Ya con eso la cosa parte más que bien, pero hay que sumarle que el ambiente es muy ameno, incluso si andan con el gaznate inquieto, pueden servirse una pilsen heladita. Sobre vinos y bebestibles variados no he preguntado. Hasta donde vamos la cosa da para flor de picada patachera, pero esperen a probar los platos de fondo, que suelen ser en general unas cuatro opciones al día. Se tratan de preparaciones criollas y clásicas, desde las cazuelas enjundiosas, pasando por los tontos pescados fritos, hasta llegar al refinado, pero tradicional, pavo ahumado al horno. Ojo, muchachada querida, toda esta maravilla culinaria por el mismo precio que les indiqué más arriba. Y otra caso, pa los fríos que hacen en estas fechas, mi cumpita Olguín les trae estufas a los regalones. La comida está hecha con mucha dedicación, respetando recetas y elaboraciones clásicas, sin ninguna fanfarronería ni siutiquería millenial, tan común en estos agitados tiempos. Es como comer con los abuelitos, además la gente como que se relaja y todos se saludan y hay harta buena onda.
Por ahora este humilde y goloso servidor posiciona a Mr. Olguín en el top 3 del patache rancagüino, al ladito de locales emblemáticos como La Selecta y El Reencuentro, todos éstos en el centro de Rancagua.
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